miércoles, 15 de abril de 2015

Edgar Allan Poe_"El retrato Oval"


EL RETRATO OVAL
(cuento)
Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1808-1849)
El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza entes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento -pues era ya de noche-, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama. Al hacerlo así deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquéllas.
Mucho, mucho leí… e intensa, intensamente miré. Rápidas y brillantes volaron las horas, hasta llegar la profunda media noche. La posición del candelabro me molestaba, pero, para no incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué de manera que su luz cayera directamente sobre el libro.
El cambio, empero, produjo un efecto por completo inesperado. Los rayos de las numerosas bujías (pues eran muchas) cayeron en un nicho del aposento que una de las columnas del lecho había mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude ver así, vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los ojos. Al principio no alcancé a comprender por qué lo había hecho. Pero mientras mis párpados continuaban cerrados, cruzó por mi mente la razón de mi conducta. Era un movimiento impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y someter mi fantasía antes de otra contemplación más serena y más segura. Instantes después volví a mirar fijamente la pintura.
Ya no podía ni quería dudar de qué estaba viendo bien, puesto que el primer destello de las bujías sobre aquella tela había disipado la soñolienta modorra que pesaba sobre mis sentidos, devolviéndome al punto a la vigilia.
Como ya he dicho, el retrato representaba una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y los hombros, pintados de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parecía mucho al estilo de las cabezas de Sully. Los brazos, el seno y hasta los extremos del radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que formaba el fondo del retrato. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en estilo morisco. Como objeto de arte, nada podía ser tan admirable como aquella pintura. Pero lo que me había emocionado de manera tan súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de su semisueño, hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viviente. Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco tenían que haber repelido semejante idea, impidiendo incluso que persistiera un solo instante. Pensando intensamente en todo eso, quedeme tal vez una hora, a medias sentado, a medias reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su efecto, me dejé caer hacia atrás en el lecho. Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta posibilidad de vida en su expresión que, sobresaltándome al comienzo, terminó por confundirme, someterme y aterrarme. Con profundo y reverendo respeto, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la causa de mi honda agitación, busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las pinturas y su historia. Abriéndolo en el número que designaba al retrato oval, leí en él las vagas y extrañas palabras que siguen.
“Era una virgen de singular hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora en que vio y amó y desposó al pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una prometida con el Arte; ella, una virgen de sin igual hermosura y tan encantadora como alegre, toda luz y sonrisas, y traviesa como un cervatillo; amándolo y mimándolo, y odiando tan sólo al Arte, que era su rival; temiendo tan sólo la paleta, los pinceles y los restantes enojosos instrumentos que la privaban de la contemplación de su amante. Así, para la dama, cosa terrible fue oírle hablar al pintor de su deseo de retratarla. Pero era humilde y obediente, y durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado aposento de la torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Mas él, el pintor, gloriábase de su trabajo que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un hombre apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver cómo esa luz que entraba, lívida, en la torre solitaria, marchitaba la salud y la vivacidad de su esposa, que se consumía a la vista de todos salvo de la suya. Mas ella seguía sonriendo sin exhalar queja alguna, pues veía que el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un placer fervoroso y ardiente, bregando noche y día para pintar a aquélla que tanto le amaba y que, sin embargo, seguía cada vez más desanimada y débil. Y, en verdad, algunos que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido como de una asombrosa maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su profundo amor por aquélla a quien representaba de manera tan insuperable. Pero, a la larga, a medida que el trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue admitido ya en la torre, pues el pintor habíase exaltado en el ardor de su trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, ni siquiera para mirar el rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que esparcía en la tela eran extraídos de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando pasaron muchas semanas y poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca y un matiz en los ojos, el espíritu de la dama osciló, vacilante como la llama en el tubo de la lámpara. Y entonces la pincelada fue puesta y aplicado el matiz, y durante un momento el pintor quedó en trance frente a la obra cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, púsose pálido y tembló mientras gritaba: “Ciertamente ésta es la Vida misma”. Y volviose de improviso para mirar a su amada. ¡Estaba muerta!”.

“The Oval Portrait”, 1842.
Título originario, “The Life in The Death”

Cuentos, I, trad. Julio Cortázar, Madrid, Alianza, 1989, págs. 127-130.

Ovidio. "Pigmalión"

Libro X- Las Metamorfosis, Ovidio
“Mito de Pigmalión”
(Poeta romano, 43 a.C – 17 d.C.)

"Pigmalión vivía solo y sin esposa, y llevaba ya mucho tiempo desprovisto de consorte. Por entonces esculpió con admirable arte una estatua de níveo marfil, y le dio una belleza como ninguna mujer real puede tener, y se enamoró de su obra. El rostro es el de una joven auténtica, de quien se hubiera creído que vivía y que deseaba moverse, si no se lo estorbara su recato: hasta tal punto el arte está escondido por obra del propio arte. La admira Pigmalión y apura en su corazón el fuego por aquel cuerpo ficticio. Muchas veces aproxima a la obra sus manos, que la palpan para comprobar si aquello es un cuerpo o es marfil, y aún no se resuelve a admitir que sea marfil.
Le da besos y cree que ella se los devuelve y le habla y la toma, y le parece que sus dedos oprimen los miembros que tocan, y teme que se amoraten las carnes que él aprieta, y ya le dirige palabras acariciantes, ya le lleva, regalos gratos a las jóvenes, conchas y torneadas piedrecitas y pajaritos y flores de mil tonos y lirios y pelotas de colores y lágrimas caídas del árbol de las Helíades; le adorna también con ropas los miembros, le pone piedras preciosas en los dedos, le pone un largo collar en el cuello; de las orejas le cuelga ingrávidas perlas, del pecho cadenillas. Todo le sienta bien; pero tampoco desnuda resulta menos hermosa. La tiende en un lecho de ropas teñidas por la concha de Sidón (de púrpura), y la llama compañera de su tálamo, y reclinándole el cuello lo hace reposar en medio de blandas plumas, como si ella lo fuera a notar.
Había llegado el día de la fiesta de Venus, el más celebrado en toda Chipre, y habían caído, golpeadas en la nívea cerviz, vacas con amables cuernos recubiertos de oro, y humeaba el incienso, cuando Pigmalión, después de realizar su ofrenda, se colocó junto al altar, y empezando tímidamente: "si los dioses podéis darlo todo, yo anhelo que mi esposa sea..." y no atreviéndose a decir "la joven de marfil", dijo "semejante a la joven de marfil". La áurea Venus, que asistía en persona a sus fiestas, comprendió lo que significaba aquella súplica, y, como augurio de su favorable voluntad, por tres veces se encendió la llama y levantó por el aire la punta.
Cuando volvió Pigmalión, va en busca de la imagen de su amada, e inclinándose sobre el lecho le dio besos: le pareció que estaba tibia; le acercó de nuevo los labios, y también con las manos le palpó los pechos: el marfil, al ser palpado, se ablanda, y despojándose de su rigidez cede a la presión de los dedos y se deja oprimir, como la cera del Himeto se reblandece al sol, y moldeada por el pulgar se altera adquiriendo múltiples conformaciones, y es el propio uso el que la hace útil.

Él se queda atónito y vacila en regocijarse y teme ser víctima de una ilusión, y entre tanto, exaltado de amor, vuelve una y otra vez a tocar con las manos el objeto de sus ansias. ¡Era un cuerpo! Laten las venas palpadas por los dedos. Entonces es cuando el de Pafos (ciudad de Chipre) pronuncia palabras elocuentes con las que quiere dar gracias a Venus, y oprime con sus labios, labios al fin verdaderos, y la joven sintió que se le estaba besando y se ruborizó y levantando tímidamente los ojos y dirigiéndolos a los de él, vio, a la vez que el cielo, a su amante.
A la boda que era su obra asiste la diosa, y cuando ya por nueve veces se habían juntado los cuernos de la luna formando el disco completo, dio ella nacimiento a Pafos, de la cual ha tomado la isla este nombre".

Augusto Monterroso_Pigmalión

“Pigmalión” de Augusto Monterroso

(Poeta hondureño que adoptó la nacionalidad guatemalteca, 1921-2003)

En la antigua Grecia existió hace mucho tiempo un poeta llamado Pigmalión que se dedicaba a construir estatuas tan perfectas que sólo les faltaba hablar.
      Una vez terminadas, él les enseñaba muchas de las cosas que sabía: literatura en general, poesía en particular, un poco de política, otro poco de música y, en fin, algo de hacer bromas y chistes y salir adelante en cualquier conversación.
      Cuando el poeta juzgaba que ya estaban preparadas, las contemplaba satisfecho durante unos minutos y como quien no quiere la cosa, sin ordenárselo ni nada, las hacía hablar.
      Desde ese instante las estatuas se vestían y se iban a la calle y en la calle o en la casa hablaban sin parar de cuanto hay.
       El poeta se complacía en su obra y las dejaba hacer, y cuando venían visitas se callaba discretamente (lo cual le servía de alivio) mientras su estatua entretenía a todos, a veces a costa del poeta mismo, con las anécdotas más graciosas.
       Lo bueno era que llegaba un momento en que las estatuas, como suele suceder, se creían mejores que su creador, y comenzaban a maldecir de él.
       Discurrían que si ya sabían hablar, ahora sólo les faltaba volar, y empezaban a hacer ensayos con toda clase de alas, inclusive las de cera, desprestigiadas hacía poco en una aventura infortunada.
       En ocasiones realizaban un verdadero esfuerzo, se ponían rojas, y lograban elevarse dos o tres centímetros, altura que, por supuesto, las mareaba, pues no estaban hechas para ella.

        Algunas, arrepentidas, desistían de esto y volvían a conformarse con poder hablar y marear a los demás.
        Otras, tercas, persistían en su afán, y los griegos que pasaban por allí las imaginaban locas al verlas dar continuamente aquellos saltitos que ellas consideraban vuelo.
       Otras más concluían que el poeta era el causante de todos sus males, saltaran o simplemente hablaran, y trataban de sacarle los ojos.
      A veces el poeta se cansaba, les daba una patada en el culo, y ellas caían en forma de pequeños trozos de mármol. 

viernes, 13 de febrero de 2015

Alba de noche oscura

Sobre la luna inmóvil de un espejo,
celebra una redonda cofradía
de verdes pinos, tintos de oro viejo,
la transfiguración del rey del día.

La plata blanda, ayuna del reflejo,
muere ya. Del cristal -lámina fría-
dice la voz del vaho en agonía:
-Doró mi lengua el sol, ¿de qué me quejo?

La puertas del ocaso, ya cerradas,
tapina de luto el campo. Negros perros,
a lo que nadie sabe, ocultos, gritan.

Decapitando sueños, fatigadas,
sobre el túmulo alto de los cerros
las estrellas del valle se marchitan.


Por Rafael Alberti
Poeta español de la Generación del 27

miércoles, 15 de octubre de 2014

Friedrich Nietzsche_La nueva fe

La nueva fe:


«Vive de modo que desees volver a vivir; ¡tú vivirás otra vez! Quien desee el esfuerzo que se esfuerce, quien desee el descanso que descanse, quien desee la ¡obediencia que obedezca. ¡Pero que tenga conciencia de su fin y no retroceda ante los medios! ¡Le va en ello la eternidad!

Friedrich Nietzsche

Carpe Diem_Walt Whitman

Walt Whitman

(1819-1892)


Surgirá un nuevo orden
y sus hombres serán
los sacerdotes del hombre,
y cada hombre será
su propio sacerdote.



NO TE DETENGAS
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

Carpe Diem_Edad Media

"Oy comamos Y bebamos
y cantemos y holguemos
que mañana
ayunaramos.

Por
onrra de san Antruejo
paremonos oy bien anchos,
enbutamos estos panchos,
rrecalquemos el pellejo,
que costumbres de concejo
que todos
oy nos hartemos,
que mañana ayunaremos.

Honremos a tan buen santo,
porque en hambre nos acorra,
comamos a
calcaporra,
que mañana hay gran quebranto
.“

Trovador Juan Encina 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Carpe Diem

Carminum I, 11 («Carpe diem»)
Horacio
No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a mí y a ti, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el  mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
No seas loca, filtra tus vinos
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy. Captúralo.
No fíes del incierto mañana.
1. ¿Qué significa Carpe diem?
2. ¿Cuál es el mensaje del poeta? Explica

jueves, 18 de septiembre de 2014

Conjunciones

     TIPOS
 NEXOS   
copulativas
Y,  ni.
disyuntivas
o, u.
adversativas
Pero, más, no obstante, sin embargo.
Consecutiva  o ilativa  
Así que, así es que, por eso, por lo tanto, entonces, luego.
Explicativa
Es decir,  o sea, esto es, mejor dicho, es más.

causal
Pues, ya que, porque, puesto que.

martes, 16 de septiembre de 2014

lunes, 1 de septiembre de 2014

Hera de Alejandro Filio


Ícaro


  Icaro

Jaroslaw Iwaszkiewicz



Hay un cuadro de Brueghel llamado Ícaro. En él se ve a un campesino que ara la tierra en un alto acantilado sobre el mar; un pastor impasible apacienta su rebaño, y un pescador tiende las redes en la costa. A lo lejos, puede vislumbrarse una tranquila ciudad. En el mar navega, con las velas desplegadas, un barco en cuyo puente unos comerciantes discuten sus negocios. En fin, estamos ante los afanes y preocupaciones cotidianos, frente a una vida de simples menesteres y problemas humanos sencillos. ¿Dónde está Ícaro? ¿Dónde está aquél que trató de alcanzar el sol? Sólo, si observamos minuciosamente el cuadro, podremos descubrir en un rincón del mar un par de piernas que se sumergen en el agua, y arriba, revoloteando en el aire, unas cuantas plumas que el brusco descenso desprendió de las alas ingeniosamente fabricadas. La caída ha ocurrido hace un instante apenas. Se trata del temerario que, según la leyenda griega, construyó unas alas para volar y se elevó a tal altura que llegó cerca del sol. Sus rayos fundieron la cera con que se había pegado el joven las plumas, y el desdichado se precipitó en el abismo. La tragedia ha ocurrido; helo allí que se hunde y se ahoga en el mar. Pero los hombres nada han advertido. Ni el campesino que ara la tierra, ni el comerciante que navega, ni el pasajero que contempla el cielo, ninguno se ha dado cuenta de la muerte de Ícaro. Sólo el poeta o el pintor la han visto y la han transmitido a la posteridad. 
Ese cuadro me viene a la memoria cada vez que recuerdo un episodio que me tocó vivir. Era en junio de 1942 o 1943. Un bellísimo crepúsculo de verano descendía sobre
Varsovia, un resplandor rosado creaba sombras que embellecían las casas destruidas, y en el hormigueo impetuoso de la multitud que subía a los tranvías para llegar a casa antes del toque de queda, el conjunto de los vestidos civiles ocultaba los uniformes, raros a esa hora. En aquel momento las calles de Varsovia, animadas y bellas en el esplendor de junio, podían dar la impresión de que la ciudad estuviese libre de los invasores. Sólo por un instante...
Esperaba el tranvía en la parada de la esquina de la calle Trebacka con la Krakowskie Przedmiescie. Las rojas carrocerías tranviarias, campanilleaban sonoramente y se alineaban, una tras otra, a lo largo de Krakowskie Przedmiescie. La gente se aglomeraba para subir, saltaba a los estribos, se colgaba de las puertas, se apiñaba tanto dentro como fuera de los vehículos. De cuando en cuando, pasaba a toda prisa un "cero" rojo, reservado a los alemanes, y por ende casi vacío. Debí esperar bastante tiempo un tranvía en el que se pudiese entrar con menos dificultad. Pero, cuando al fin llegó uno, no tenía ya deseos de subir; de improviso le había tomado gusto a aquella multitud que me rodeaba indiferente del todo a mi presencia. Frente a mí, sobre su pedestal, se erguía la estatua de Mickiewicz; en torno al monumento humildes plantas floridas emanaban un grato perfume; los automóviles trazaban con un chirrido la curva frente a la iglesia de las Carmelitas; los muchachos pregonaban a gritos sus periódicos; frente a un resplandeciente escaparate hormigueaban los vendedores de cigarrillos y de pasteles; se cerraban con ruido las puertas metálicas y las rejas de las tiendas; en el jardincillo, los bancos estaban repletos de viejos y jóvenes; gorjeaban los gorriones, fijos ellos también en las ramas de los frágiles arbolillos... Todo esto se sumergía lentamente en el azul crepúsculo de la tarde estival. En ese instante sentía pulsar el corazón de Varsovia, e instintivamente me mezclé entre la multitud para permanecer un poco más de tiempo junto a ella y entre ella y disfrutar de aquel atardecer varsoviano.
En un determinado momento observé a un muchacho que venía por la calle Bernardcka. Apareció detrás de un tranvía en marcha, y se detuvo en el pequeño camellón, de espaldas al ir y venir de la multitud, con la cara vuelta hacia la acera y sin apartar los ojos de un libro con el que había surgido en aquel crepúsculo cada vez más gris. Podía tener quince años, dieciséis a lo sumo. De tanto en tanto, mientras leía, sacudía la rubia cabellera, y, con la mano, apartaba después los cabellos que le caían sobre la frente. Del bolsillo, sobre su cadera, asomaba un segundo libro. El primero lo llevaba abierto frente a
los ojos y evidentemente era incapaz de desprenderse de él. Con toda probabilidad, lo había conseguido hacía poco de un compañero o de una biblioteca clandestina, y sin esperar a la llegada a casa, se mostraba impaciente por conocer el contenido, aún en la calle. Me desagradaba no saber qué libro era; de lejos parecía un manual, pero me decía que ningún manual puede despertar tan vivo interés en un joven. ¿Serían versos? ¿Tal vez un libro de economía? No lo sé.
El muchacho permaneció un poco en el camellón, inmerso en la lectura. No hacía caso de  los empellones, ni de la multitud que se apiñaba alrededor de los vehículos. Detrás de él se asomó más de una cara enrojecida, pero él seguía sin apartar la mirada del libro. Y después, siempre con el libro bajo los ojos, tal vez molesto por los empujones y el estrépito, o tal vez asaltado de improviso por una necesidad inconsciente de llegar a su casa, lo vi descender a la calzada, frente a un automóvil que apareció en aquel instante.
Se oyó el chirrido violento de los frenos y el silbido de los neumáticos sobre el asfalto. Con la intención de evitar el choque, el conductor viró bruscamente y detuvo en seco el vehículo en la esquina de la calle Trebacka. Advertí, lleno de espanto, que era un coche de la Gestapo. El muchacho del libro trató de esquivar el automóvil, pero inmediatamente se abrió la portezuela posterior y dos individuos, con el casco adornado por una calavera, saltaron a la calle. Se hallaban exactamente frente al muchacho. Uno de ellos gritó algo con voz gutural y el otro, trazando con el brazo un gesto circular, invitó con mofa al
muchacho a subir.
Aún ahora puedo ver a aquel joven, detenido frente a la portezuela, confuso, totalmente avergonzado... Veo cómo se disculpaba, cómo movía la cabeza en un ingenuo gesto de negación, semejante a un niño que promete: "No lo volveré a hacer"... Parecía estar diciendo: "No he hecho nada... sólo esto...", e indicaba el libro que había producido su descuido. Como si hubiese sido posible explicar alguna cosa. Se negaba a subir al auto, como en un último impulso de la vida que estaba perdiendo. 
El gendarme le pidió los documentos, le arrebató de las manos la carta de identidad que había extraído de un bolsillo, y con un gesto violento, lo empujó hacia el interior. El otro lo ayudó. Subió el muchacho y tras él los hombres de la Gestapo; la portezuela se cerró y el vehículo partió bruscamente, dirigiéndose a toda velocidad hacia la avenida Szucha... 
Lo perdí de vista. Desolado por lo ocurrido, miré en torno mío, buscando comprensión en alguien. El muchacho del libro había desaparecido para siempre. Con el más grande estupor, comprobé que nadie se había dado cuenta del suceso. De manera tan fulminante se había desarrollado lo que he descrito. Todos los peatones que formaban aquella multitud se hallaban tan ocupados en sus propios afanes, que el rapto del muchacho les había pasado inadvertido. Unas señoras que había a mi lado discutían si era conveniente tomar tal o cual tranvía, dos tipos encendían sus cigarrillos tras el poste de la parada, una vieja con una cesta en la mano junto a la pared, repetía sin tregua su "Limones, limones magníficos, limones...", como un conjuro budista, y otros jóvenes corrían por la calle tras el tranvía que se iba, arriesgándose a terminar bajo un automóvil... Mickiewicz estaba allí, tranquilo, y las flores exhalaban un suave perfume; un leve vientecillo agitaba las tiernas ramas en derredor del monumento. La desaparición de aquel joven no había significado nada para nadie. Sólo yo había visto ahogarse a Ícaro. Permanecí allí aún mucho tiempo, aguardando que la multitud se disgregase. Pensaba que tal vez Michas, así lo llamé en la imaginación, volvería. Me imaginaba su casa, sus padres que esperaban su regreso, a la madre mientras preparaba la cena, y no podía resignarme a que ellos no pudiesen saber de qué manera había desaparecido su hijo. Conociendo las costumbres de nuestros ocupantes, preveía que no habría podido liberarse de sus tentáculos. ¡Y todo había ocurrido de un modo tan estúpido! La insensata crueldad de aquel secuestro me sobresalta y me turba todavía.
Aquellos que han muerto en las batallas, que sabían por qué morían, encontraron tal vez consolación en la idea de que su muerte tenía sentido. Pero quienes como mi Ícaro han sido sumergidos en el mar del olvido por una razón tan cruel como insensata... 
Llegó la noche. La ciudad se adormecía en un sueño febril, malsano... Me aparté por fin de la parada, pasé junto al monumento de Mickiewicz, y me dirigí a pie hacia mi casa...
Mientras continuaba persiguiéndome la imagen de Michas, que movía la cabeza como si dijera: "No, no, la culpa es del libro... En adelante, tendré más cuidado..."
                                                                                                                                                                                                                         
1. ¿Cómo se resignifica el mito de Ícaro en este relato ambientado en 1942?

Iwaszkiewicz, Jaroslaw. “Icaro”. Antología del cuento polaco contemporáneo. 
Traducción y prólogo de Sergio Pitol. México: Era. 1967. 88-97 (1,570 palabras)